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Como periodista que soy

12 septiembre, 2011

Quizá algunos no lo saben, pero no sólo soy un bloguero con aspiraciones, también soy, profesionalmente, al menos en el intento (y créanme que le intento duro y tupido) lo que se conoce como periodista. No reportero, esos reportan y yo trato de exponer mi punto de vista de las cosas. Analizo, proyecto, deconstruyo… tanto como se puede, desde luego.

No soy, para nada, ni de lejos, alguien de la talla de Carmen Aristegui o Federico Arreola, lo se y lo tengo bien claro. Ellos tienen los años y experiencia, las tablas y la dedicación que yo tendré en muchos años más, espero; y para entonces ellos ya habrán dado mil vueltas por delante de mi. Yo soy un aprendiz de periodismo, un explorador de la comunicación y lo soy no porque mi diploma de la universidad lo diga, si no porque me avala mi trabajo en algunas disciplinas… o como dije, trato de que me avale.

Lo que sí es seguro es que estoy metido hasta el cuello y me quiero meter más. No es algo pasajero, no se me ocurrió un día frente al espejo mientras me afeitaba… -¿Qué se sentirá dedicarse al periodismo como Ruiz-Healy?- Siempre me ha gustado y nunca pensé en poder llegar a esto, aunque desde niño planeaba meterme a la radio.

Yo defino periodista a aquel que hace un análisis -periódico, desde luego- de las cosas que suceden para advertir, comunicar y ser un puente entre sectores. Mi definición tiene más ética y profundidad que la que dan en la universidad o la que da la wikipedia. Para mi es cosa de compromiso… y perdón por lo que diré, porque no complaceré a nadie, pero sí, compromiso, pero no con la verdad, la justicia y el american wey (no way, wey). Soy “El Samurái”, no Clark Kent. El compromiso de mi definición es con uno mismo, con la autenticidad (no originalidad, esa no existe como tal) y con la realidad.

Lamentablemente, la realidad está llena de percepciones notablemente distanciadas de persona a persona; por tanto no es realidad, si no relatividad. La realidad no depende de nuestro punto de vista, es substancial y completamente intangible, porque siempre necesitamos un perfil o paradigma para observar las cosas. Una clara posición personal desde la que interpretemos todas las cosas. Yo la tengo y la uso todos los días.

Algo que le aprendí a Germán Dehesa es que un periodista es balance de la sociedad y el poder, es el fiel de esa balanza que equilibra el poder infinito del gobernante y el mando anárquico del gobernado. Deberíamos ser capaces de entender la realidad y balancear la interpretación de cada tema libres de filtros morales absolutistas y cambiantes… y eso es algo muy complicado, pero se puede…

Yo no soy, sin embargo, de esos periodistas que viven acosando a los políticos pidiendo, limosneando, rascando y hurgando lana… chayote, vamos, como se le dice en México al dinero que compra la opinión. Se cómo es el sistema del periodismo, en muchas personas y medios. ¿No te cooperan? atacas sin piedad. Algunos, amparados en que son “periodistas” muerden con veneno de mamba negra, con una ponzoña imparable. Se lucen en el dolor ajeno y se gozan cuando ese dolor logra el objetivo de poner al político o empresario de su lado. No soy moralista, pero no me gusta eso de hacer fila al final de una conferencia para que me den doscientos pesos o dinero para mis pasajes y un chesco.

Tampoco ataco a nadie, opino y lo hago con rudeza si debo hacerlo… pero no muerdo lo que no puedo masticar. Hay temas que no puedo tratar porque soy incapaz. No le tengo miedo al dolor o a las venganzas, ni a las balas o a la falta de trabajo, pero no soy un idiota. El arte de la Guerra de Tzun Tzu nos dice con mucha claridad y experiencia -y yo le hago caso a los autores de más de 2mil años- que no debes pelear una batalla que no puedes ganar. Cuando tenga los tamaños -y no me refiero al referente genital, si no a la capacidad y respaldo de medios, credibilidad y autoridad moral- podré hablar de lo que sea. Tampoco ando lamiendo botas… no me gusta el sabor del cuero, menos del político.

Lo que sí hago es aprender y balancear lo que puedo balancear. Cada día le voy subiendo un escaloncito a mis palabras, a mis críticas y ami confrontación. Sin embargo no me verás como a los otros que a todo le ponen peros y atacan… yo quiero dialogar. Ese será mi sello. Quiero estar al centro de la discusión y poder llamar a la cordura, porque los pacificadores serán llamados hijos de Dios, bienaventurados.

Quiero leer, ver y escuchar. Aprender de las caricaturas modernas, de la música de mañana, de los libros de ayer y la cultura que se acerca. Quiero crecer con los que crecen y no envejecer… si no madurar.

Quiero ser un intelectual, a los 80 años rodearme de gatos para que me digan que quiero parecerme a Monsiváis, quien tenia en ellos y en Kalimán y la Familia Burrón sus mejores gustos. Sueño con morirme pasados los cien, con pulmones y corazón artificiales, químicos extensores de vida, robándole al futuro lo que no me puede dar el hoy. Quiero vivir entre robots para dejar a los humanos algo qué pensar cuando crean que su mejor amigo corre un sistema operativo programado en lugar de considerar los defectos de su vecino una bendición.

Yo no me quiero pelear con nadie, pero me gusta ser incómodo. No soy un troll, pero me gusta hacer sentir incómodas a esas personitas que se suben en los tacones de su imaginación y orgullo para tratar de alcanzar el ego que se inventaron o les fabricaron sus monstruosos padres. Pero me gusta analizar a la gente, porque si hay algo que odio es que se juzgue por las apariencias. No todo político es malo, no todo empresario es codicioso, no todo periodista altanero y no todo twittero terrorista.

Yo defenderé al gobierno cuando tenga que hacerlo y a la gente cuando deba, pero jamás defenderé una doctrina, una filosofía o una convicción humana por el simple hecho de escribir, fotografiar o dibujar y darme la apariencia de periodista de análisis. Lo que sí me es claro, es que de momento, como hace miles… millones de años, la unión hace la fuerza y mientras sea un simple espadachín de la información no seré temido ni respetado. Cuando sea un Samurái… no, cuando sea El Samurái, cuando me halla ganado el nombre, entonces sí, podré comenzar a construir una herencia para quien crea que vale la pena tomarla.

No defenderé la verdad, no seré “objetivo”, porque ¿qué objetivo hay detrás de que una persona cuestione al presidente, a un diputado o a un twittero? Siempre hay un fin tras de una idea. La cosa es escoger sabiamente la idea a defender, y entonces sí, morir por la libertad de compartirla aunque no pensemos igual, como Voltaire dijo que haría.

Un día me lo ganaré, un día lo seré. Rodeado de gatos, de libros digitales, de fotografías, caricaturas y anécdotas… pero sobre todo repleto de la autoridad que se necesita para decir lo que equilibre las cosas, porque de momento, mi voz es una entre las muchas que se apagan, pero cuando llegue el día… ese día me van a oir.

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