El paseo nocturno, que terminó en leyenda.

Hace algunas horas, cadena en mano, salí junto a “Salinas”, mi Poodle, a dar un paseo nocturno, mismo que habíamos postergado desde la llegada de “Boris”, un gato abandonado que ahora es nuestro abonado. Sin embargo, su llegada trajo consigo un prolongado descuido hacia nuestro perro y buscamos compensar con una vuelta en el parque que ofrece el recinto ferial de Banderilla, siempre evitando el Boulevar, ya que últimamente se ha convertido en el centro de operaciones de varios retenes policiacos y de sexoservidoras; fórmula que no da buena espina.

Recorriendo, con algún temor los vacíos andadores, me acuerdo de aquel rumor de la presencia de perros ferales en dicho parque por la noche y me doy cuenta de que no llevo conmigo ni siquiera un palo o piedra con que parecer más fuerte que los antisociales perros.

Cuando de repente, logro escuchar detrás nuestro, un lejano galopeo acercándose; mi mascota no detecta nada, sin embargo, desaparece al detener nuestra marcha. Ees ahí cuando siento algo frío bajando por mi cabeza y que se detiene en mi espalda: una helada gota de agua alojada en una rama del alto pino que nos da sombra y penumbra… aparece entonces la lógica: ¡Ese era el galopeo! la caída de gotas de la tarde lluviosa en la hojarasca seca tirada en el suelo. Dejamos la fría noche y regresamos rápido a casa.

Entramos al cálido hogar, que conservaba aún el olor a fideos que mi esposa  preparo en la tarde, los niños llevan a “Salinas” a tomar agua y mi esposa me recibe; trato de no contarle mi absurdo susto, lo guardo para el recorrido de mañana, en donde le contaré la leyenda de un jinete incomprendido que recorre el recinto ferial de Banderilla por la noche. Bueno, se lo contaré si mañana por la tarde llueve.

Acerca del autor