
6 marzo, 2011
Recuerdo mis años mozos, poco antes de casarme, cuando asumí funciones de dirección en el grupo de alabanza infantil de Amistad Cristiana A.C., en México, DF, hace ya más de 20 años, que iba frecuentemente a conversar con mi director del area infantil. Esas reuniones, incómodas al principio, muy amigables después, me dieron mucho más que preparación o criterio teológico. Mi director de entonces, el segundo que tuve, muy diferente a mi en todo aspecto anímico, me llamaba la atención con frecuencia por mis muy repetidas explosiones emocionales, las cuales ciertamente me metieron en muchos problemas y metían en apuros más que ahora, a la gente que me rodeaba.
Siempre he sido una persona que va de lo extrovertido a lo introvertido, de lo explosivo a lo inmóvil y de lo catártico a lo intimista. Siempre he sido considerado por unos una más de las muchas personas en la fila de la insoportable y común masividad y por algunos otros, aunque seguro pocos y locos, el pináculo de algún tipo de genialidad divinamente inspirada. Mi madre y creo que mi hija son esos pocos y locos, y Akire, que me idolatraba de novia y ahora que me conoce sólo me ama tal como soy.
Cuando mi Director de Niños compartió el sermón durante nuestra boda, nos llamó “bohemios”. Meses antes, ya con mucha más confianza que al principio dijo en tono de pregunta: – ¿Por qué los músicos y artistas son tan emocionales? – Cosa que dijo porque estaba dando problemas una chica del grupo de música (alabanza) y la tenían entre ceja y ceja algunos de los directores del grupo de ese entonces. Siempre los músicos, siempre los artistas, los creativos, los que no se conforman, no se adaptan.
Y esa es una de las razones por las que la iglesia cristiana es tan vacía de creatividad en muchas ocasiones. El problema es que la iglesia es órden, disciplina y dependencia de los límites. El arte y la creatividad son expansión de emociones, lucha de sentimientos y necesidad de parir ideas. No se puede limitar con facilidad y, por tanto, al artista es mal llamado “hartista” por la plebe de butaca, que sí obedece a la primera, que no cuestiona, que no tiene ideas; eso, cuando no se le llama “apóstata”.
Bueno, al final, controlé, o puse riendas, mejor dicho, al corcel de mis ideas; cosa que me ha tomado tantos años como de matrimonio, y he comenzado a marchar a trote firme y constante dentro del campo de la creatividad sin hacer pedazos a mis acompañantes de aventura, aunque sí les he dado sus llegues.
El hecho es que, por tanto, no somos, ni Akire San ni yo, ni nuestra Pádawan, de ese tipo de personas que se dejen mangonear por nadie. Vivimos tolerantes del entorno, del ecosistema, tampoco somos unos hippies que vivan en una camioneta ni hipsters, sólo vamos por convición a donde tengamos que ir y creemos lo que es justo, pero con libertad. Siendo así ¿cómo nos vamos a dejar manipular?
Imagínense que yo, siendo pastor, juntase a los líderes y cabezas de mi iglesia para preguntarles qué piensan que podemos hacer para mejorar y el inevitable decrecimiento de mi iglesia en los últimos 6 años. Imagínense que ellos me dicen que el problema está en mi y yo no les escuchara. Imagínense que incluso me enojara y sacara de mi iglesia por rebeldes a los que me señalaron mis errores, por los cuales yo pregunté indirectamente, y es que seguro saltan a la vista. Imagínense que trato de gobernar con mano de hierro, porque soy el pastor, el siervo de Dios, el ungido.
Eso pasa en incontables iglesias del mundo. Eso es lo que hace que muchos creativos no estén en un grupo cristiano sirviendo a otros con sus dones y supliendo las necesidades de su comunidad con creatividad. Por eso hay tantos creativos amargados.
No nos quedemos allí. Imaginemos que, por otro lado, podemos ir, los creativos, esos problemáticos y escandalosos; reunidos juntos en pos de un bien común, con libertad y con amor, conducidos a una meta o varias, pero puestos de acuerdo y sin el juicio de una iglesia que aseguró algún día que Dios me ama tal cual soy. Eso es lo ideal, eso es lo que yo anhelo. Incluso, trabajamos en ello con iCreativa, una iglesia abierta, no una nueva “doctrina”, si no un perfil cómodo para comprometerse con Dios en medio del arte y la conversación.
La verdad no es fácil, porque los artistas somos bohemios. Padecemos de compromiso y de seriedad, somos tan libres que nos liberamos de ataduras y formalismos, pero también del apego a la responsabilidad. A demás, la iglesia está tan mal afamada, muchos están tan heridos y lastimados, han sido tan condenados y tan manipulados que, si pueden, se escapan de la “familia de Dios” y no vuelven; pero Dios no nos deja, nos ata con su amor y créanme, que tiene una cuerda muy larga para no perdernos.
Creo que podemos llegar a revolucionar la fe una vez más. En este mundo interconectado e interconstruido no basta con los modelos medievales de iglesia. Hay que retroceder al modelo fundamental de Cristo para hacernos de una comunidad: recordar el amor, el Reino de los Cielos, la compasión, la tolerancia, la misericordia y el compañerismo en el que estamos juntos pese a lo que pase. Recordar que Cristo está aquí, es nuestro amigo y para nada hace lo que los malos hacen. Cristo fue un bohemio también y yo, entonces, quiero ser como él.
Olvidaba decir que todo esto lo comencé a meditar cuando con mi esposa Akire San, mi suegra y yo, leíamos un artículo la tarde del domingo posteado por Melvin Rivera en su cuenta de Facebook. Les recomiendo leerlo (en inglés) para tener más perspectiva de estas meditaciones. Tengan buena semana.
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