Sí, soy cristiano. No me he alejado, no he renunciado. Sigo creyendo, “predicando a toda criatura” y leo mi Biblia, oro y enseño a mi hija junto con mi esposa cristiana a andar en el camino de Dios. Pero somos tolerantes.
Nuestra hija conoce que existen otras religiones, credos, cultos y mitos. Sabe orar por sí sola y sabe que Dios no cumple cada uno de sus deseos, y sabe pedir con sabiduría. Hace poco comenté que la hija de un notable miembro de nuestro antiguo grupo de jóvenes oraba a Dios pidiendo que un niño le regalara todos sus juguetes a ella y como Dios no le concedía su oración, pues estaba sintiendo su fe vulnerable. Y es que el problema no es la “moda de la tolerancia”, como muchos cristianos dicen. El problema es la fragilidad de nuestra fe, la inusitada delicadeza de nuestro carácter y la debilidad de nuestra personalidad.
Si ustedes, dos o tres personas que leen este blog, se preguntan a qué viene este tema, es a causa del Día internacional de la Tolerancia. Es un día en el que se pide que meditemos en todo el mundo acerca del respeto a nuestras diferencias, y es que esa maldita (sí, se entiende más cuando usamos palabras fuertes), maldita intolerancia, nos tiene enfrentados más cada día unos a otros.
Los musulmanes no quieren que se hagan caricaturas de Mahoma, se dice que es una falta de respeto; mientras tanto los Evangélicos (evangelocos, digo yo) de occidente se ofenden por las sátiras a Jesucristo en películas y dibujos. El Dalai Lama anda de un lado al otro del mundo escapando aun de una persecución político-religiosa, mientras en Venezuela el líder-patriarca-amo-tirano-salvador de la democracia que tienen por presidente se luce como el Mesías de su país. Somos diferentes, sí, gracias a Dios (o, perdonen si suena “ecuménico”, gracias a la deidad a la que ustedes recen o no recen), pero somos individuos.
A ver, búsquense en la espalda a ver si encuentran un corcho o un sello de aire… o búsquenle a ver si tienen número de serie ¿verdad que no? Salvo que hayas vivido en tu infancia en un campo de concentración, no creo que tengas un número de registro. Somos únicos, expresión suficiente de la creatividad de Dios que no hace pieza igual en el rompecabezas de la humanidad. Entonces, ante nuestra desorganización nos juntamos, para ganar seguridad. Hacemos familias, clanes, tribus, poblaciones, aldeas, etnias, países, continentes o lenguas y decimos “nosotros somos así”. As algo muy mono. No, en serio, nos viene de los monos. Aquí es donde me tiran piedras por insinuar que no fuimos creados de facto en un chispeante momento de una escultura de barro. Hagamos de cuenta que la evolución tiene lo suyo, digamos que le creemos a Darwin ¿Ok? Entonces los monos, se juntan en grupos para facilitar la reproducción, la alimentación y el trabajo en equipo. Curan a sus enfermos, se alimentan por turnos, cuidan a los críos, veneran a sus ancianos… los chimpancés son una sociedad muy compleja; y son territoriales, por que así no arriesgan los escasos recursos compartiendo con otros. ¿Ven la relación? Todos tenemos 99% de similitud a los chimpancés, no afirmaré por qué Dios lo hizo así, pero creo en Dios y creo que no se equivocó. Nuestros parientes genéticos son territoriales y gregarios y nosotros también.
Pero nuestra inteligencia, superior aparentemente, nos permite decidir, dialogar, estudiar y congraciarnos en contra de la lógica. Por eso podemos ponernos de acuerdo entre dos tribus para cazar búfalos con más hombres antes de que llegue el invierno (sí, vi “Danza con Lobos”) o podemos unir intereses entre enemigos para luchar contra un mal común (las compañías lo hacen muy seguido, si no, vean a Samsung, Motorola y Google peleando contra Apple). Entonces, partimos de nuestros acuerdos voluntarios para decirnos “está bien, ustedes no toquen a nuestras mujeres y compartiremos la carne de los búfalos”. Algo así, yo no como búfalo, pero creo que se entiende el ejemplo.
El punto es que mientras más crece la sociedad, los pensamientos se diversifican, las ideas crecen y es necesario discutirlas porque nacen las tendencias absolutistas; esas malas ideas de razas puras, religiones dadas por el Creador, gobiernos creados por Dios y economías blindadas, todo porque un día la sociedad es muy grande como para conocer a sus líderes y se abandona a la elección o mando de un sólo individuo. Entonces, ese “ungido” se convierte en benefactor universal; “el latifundista”, “el amo y señor del castillo, Duque de la región, Heraldo de Dios, Capitán de Hidalgos y Protector de Vírgenes”… luego pedirá que lo sirvan y la gente lo hará, por que no es una persona, es “la persona”.
Luego viene la revolución porque la gente no está feliz con tener que servir a uno sólo y para ello se dirigen a… sí, a otro que anda solo. De un líder pasamos a otro, pero el nuevo es el bueno, se dice. Luego la historia se repite y se mantiene así, a veces los líderes son reyes, otras veces políticos y ahora comienzan a ser empresarios 2.0, pero seguimos bajo la tutela y mando de alguien que nos dice “piensa como yo, piensa bien”.
Entonces, en el caminar diario, llegamos a encontrar a otro que camina en sentido contrario. Entendamos que cada uno está convencido de dos cosas: primero, que estamos nosotros en lo correcto y segundo, que el otro está infinitamente equivocado. Simplemente, la base del cristianismo, no espiritual, si no moral, está establecida en que todas las demás religiones y filosofías son falsas. Entonces quien camina como cristiano, cree que debe pensar que los demás están equivocados. ¡Esto es clave! Y es que así es como el mensaje de la Cruz, de Cristo y de Dios se ha perdido.
Dios no nos mandó a sacar a la gente de su carril, si no a exponerles la opción del nuestro sin obligarlos a entrar. Jesús enseñó a ir y hacer discípulos, es decir, personas que quieran aprender. Ir y compartir las buenas nuevas con la gente, no secuestrarlos y quitarles su mente, costumbres e individualidad.
En este mundo más complejo que la Roma de hace 2000 años, la tolerancia es clave porque impide que nos enfrentemos entre minorías o que terminemos por unificarnos descomponiendo nuestra esencia individual. La tolerancia es necesaria y, debo decir, debe ser el mensaje del evangelio de este siglo.
No me malentiendan, no se trata de cambiar la palabra “salvación” por “tolerancia” y decir “no importa que peques, mata a tu madre y ven a que te de un abrazo porque respeto tu derecho a ser un homicida”. Esa es la crítica más absurda y burda a la tolerancia. Se trata realmente de usar la tolerancia como puente cultural hacia la humanidad y compartir, en el pleno uso del libre albedrío que todos tenemos, el conocimiento práctico y tangible de creer en Dios y decidir estar sujetos a Él. La gente puede optar por otras idéas, incluso descomponer las nuestras; ese es su derecho, pero yo puedo partir de esa plataforma para defender mi punto de vista y la combinación de respeto por los demás y fervor en creer lo que estoy convencido de creer será el mejor argumento para transmitir las buenas nuevas.
Entonces, celebremos la tolerancia. Escuchemos y retemos lo que creemos; Dios quiere eso, por eso no nos impone creer en él y nos tolera… el día que deje de tolerarnos, tratemos de escondernos de él. Suerte si lo logras.









