Todos somos migrantes

Hace mucho tiempo que se comenzó a afirmar, gracias a rastros genéticos y arqueológicos, que el ser humano actual, el Homo Sapiens Sapiens, había nacido en África, sin embargo, las pistas más actuales comienzan a dar otras opciones, haciendo ver que es muy complicado rastrear nuestro origen. ¿De dónde somos? Yo soy de la Ciudad de México y vivo actualmente y con todo arraigo en la maravillosa Xalapa.

Se que no les importa, pero les cuento, porque así demuestro mi primera afirmación que sirve de título, que nací en la aún Delegación de Iztapalapa, mudándome después con mis padres a uno de los cinco barrios de Iztacalco. Mi abuelos paternos eran de Xochimilco y mi madre presume que su familia tiene raíces en Tultitlán. Hasta allí, nada raro en apariencia, pero en realidad, nunca, nadie de mi familia vivió permanentemente en donde creció. Mi abuela tuvo alguna vez un esposo inmigrante español, de quien nació mi tía y obtuve muchos recuerdos y conocimiento de esa bella tierra ibérica. Mi padre, en una de sus muchas relaciones irresponsables tuvo una hija que creció en Guadalajara y después se fue a vivir a la provincia estadounidense de California, donde aún vive y allí nació su hija hace años. De la familia de mi pareja Akire San, una hermana vive casada en España y así, podemos ver que en una vida normal de cualquier persona la inmigración es parte no de un problema, sino de las soluciones que abordamos para vivir y disfrutar del destino que vamos tratando de desear y construir.

Y si queremos recordar la historia mundial veremos que los españoles de quien nació nuestra mezcla de sangre no eran precisamente “locales”, como la obviedad lo denota; y los americanos originarios llegaron hace más de 12,000 años al continente en una larga caminata por el norte desde Asia, o por el sur desde las islas polinesias; o por mar, bordeando continentes. El ser humano es, como cualquier especie animal un perpetuo explorador de espacios para expandirse, alimentarse y sobrevivir; nuestras migraciones son las más extensas de la vida en el planeta y nuestra adaptación, una de las más exitosas.

En julio de 2000 el escritor José Saramago se expresó con firmeza de la situación de derechos humanos que se vivía entonces y hoy se ha recrudecido, en torno de las migraciones humanas.  “La necesidad de vivir no puede ser controlada, ni con murallas, ni con metralletas”, dijo en un seminario. El Nobel acreditó esta dolencia a nuestros orgullos humanos, tales como patria, religión, raza, nuestro egoísmo y nuestras débiles democracias. Sus palabras más duras para muchos, pueden ser las que pronunció sobre la religión y dios, cuya intolerancia llamó “la más absurda de las intolerancias”. Definió “patria” más como el tiempo donde vivimos que el lugar en el que nacimos, pero tampoco descartó llamar algo ridículo a la entonces frase de moda “ciudadano del mundo”, pues es imposible ser ciudadano de países llenos de crisis, muerte y duelos por discriminación y lo peor de nuestra humanidad.

¿Y es que de verdad quieren ser ciudadanos de Honduras o de México quienes marchan en desbandadas un poco más al norte para sobrevivir a sus crisis? Somos víctimas de nuestros nacionalismos, innecesarios y falaces. Somos constructos relativistas de nuestros ideales políticos ensalsados por líderes triunfalistas que quisieron fungir como salvadores usando gritos como “viva la Vírgen de Guadalupe, vamos a coger gachupines” o los que ahora evocan una nueva “revolución Bolivariana” sin entender las necesidades de un pueblo engañado y hasta sodomizado por la fuerza con patrañas cada vez más baratas e inverosímiles.

El “viva México”, el “viva la revolución” o el “porque soy mexicano” pueden parecer muy hermosas frases de orgullo para renombrar nuestros sueños de patria y vida, pero en este instante en el que nuestro país está recibiendo lo que podríamos llamar “visitas sorpresa”, se convierte en máximas fascistas o trincheras de una guerra inmoral e inexistente.

Somos administradores temporales de las piezas de historia que brevemente pasan por nuestras manos, hagamos que nuestra línea en la historia sea un orgullo de todos.

Sí, creo que Andrés Manuel López Obrador debió moderarse o esperar al menos a realizar invitaciones y acreditaciones de trabajo al día en que estuviera en funciones, en lugar de dejar a un triste Peña Nieto esta responsabilidad en un momento en el que ya tiene todo en cajas y no encuentra ni una pluma para firmar algún dictamen o el recibo de la luz de Los Pinos. Y es que es cosa de lógica, si vas a recibir invitados en casa, hay que planear cómo darles agua aunque sea; pero si hay algo que debería ser un orgullo humano más que nacional, es nuestra hospitalidad, esa que nos caracteriza con ideales del tipo mi casa es tu casa, pásenle a lo barrido, no hay mucho pero ahorita le echamos más agua a los frijoles o mi favorita: donde comen tres, comen cuatro.

No le podemos negar el derecho a vivir o pedir asilo a miles de seres humanos que pueden llegar de Honduras el día de hoy como antes no desechamos a cubanos o españoles en los tiempos de Castro o de Franco; Estados Unidos tampoco puede sacar de su país a quienes llegan allá en los tiempos del hambre y la decadencia de la democracia revolucionaria de nuestro país. Pienso que lo correcto es reforzar nuestras economías locales con reglas que incluyan y den participación a todos; porque ¿cuánta riqueza, cuanta fuerza, cuánta cultura estamos rechazando cada que le pedimos a un migrante que se vaya de lo que pensamos que es nuestro territorio? Es verdad que con cada cambio llegan conflictos y problemas, pero también es cierto que muchos nacen por considerar que es nuestro lo que en realidad es de todos; somos administradores temporales de las piezas de historia que brevemente pasan por nuestras manos, hagamos que nuestra línea en la historia sea un orgullo de todos. Y eso no lo dijo Saramago, lo digo yo y ¿tú, qué piensas?

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Carlos González "El Samurái"

Monero miembro de la sociedad de caricaturistas de México, fotógrafo, videógrafo, diseñador gráfico y administrador de redes sociales. Respetuoso de toda equidad y generador de cambios sociales para que todos vivamos en armonía. Xalapeño como los que nacieron en la capital de Veracruz, pero por decisión propia.

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